PROLOGO.
No era más que mi historia repetida, ya no era yo.
¿Porque?, no lo sé, permití que Ella se llevara consigo mis alegrías, mis ganas de vivir. Y eso plantea la siguiente pregunta ¿cómo sigo vivo entonces? y si ahora no hay motivos para expelerme en este existir ¿cómo seguir?, tampoco lo sé y así un millón de preguntas más rondan mi mente, mientras que busco desesperadamente como alivianar el frio de mi alma y reparar las astillas que hoy me quedan por corazón.
Así entonces termine de escribir esta carta que como era costumbre ya no tenía un destinatario, acto seguido me levante de mi silla anduve a marcha lenta midiendo cada paso hasta la cocina en la odisea de otra amarga taza de café, ya que ni siquiera el azúcar más pura ni la miel más fresca podrían endulzar aquel sabor del que gustaba cada mañana.
Era otra mañana de finales de julio, tome un baño me aliste de nuevo a mi monótona vida, tome el bus y ahí estaba esa vieja esquina recordándome aquel fatídico abril y una lagrima nuevamente mancho mi corbata con el color del dolor…
Finalmente el bus siguió su recorrido, limpie mis lagrimas y estornude para aparentar mi dolor, y fingir que no era más que una simple e insulsa gripe, aunque de por sí sé que estoy enfermo, ¿De qué? No lo sé en concreto pero yo lo llamo fiebre espiritual. Después de un aletargado trayecto el recorrido en aquel patético carruaje de metal torcido y rechinante llegaba a su final y como siempre en la misma acera me baje, un poco más meditabundo de lo que acostumbro, cruce el umbral de mi rubro, hacia la misma fría oficina que era la mina de mi salario desde hace algún tiempo ya y me detuve por un momento vi las puertas de lo que ya no me aguardaba y seguía pensando en si realmente merecía estar allí.
Abrí la puerta de nuevo como cada mañana, y en mi teléfono que había sido cómplice de un gran amor ya no habían llamadas perdidas ni mensajes de ánimo, la batería tenía toda su carga a pesar de que hubieran pasado ya cuatro días desde su última conexión a la corriente eléctrica. Pensé si podría ser algún día como el teléfono, simplemente mantener mi energía y vivir de mi alimento.
Ya sin ningún otro pendiente en mi mente, abrí mi cajón donde me aguardaba cada mañana un trago de brandi, aquel mismo envase me hizo ver el infierno en que estaba cayendo, así que decidí no abrir aquella botella. Encendí la computadora y vi el sin fin de correos que estaban sin leer desde la noche anterior…
Entre esos tantos se abrió aquel recordatorio, una promesa hecha de ir a cine, quizás el hecho no tanto de la película sino de verme con Ella, con quien se había convertido en los últimos días en algo más que una compañera así que sonreí, y acordamos una hora y un lugar conveniente para los dos, acto seguido continué con la infame danza de la rutina.
Ese día termino así dejando aquella botella que parecía una llave que abriría la siguiente puerta al infierno del que trataba de escapar.
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